Caminar, apretado por la vida de las paredes boquenses, endulza la sangre. Allí no se camina, salvo que los pasos sean de un tango expresado desde el último bandoneon. Por eso mis pasos fueron danza y los de ella me acompañaron sin perderse en las sombras. Oscuridad que no alcanza a ocultarse en el mas brillante sol porteño.
Danzar en La Boca es como un sueño burgués teñido de tradicionalidad. De alguna manera supe encontrar emociones, pero allí ya no reina lo foraneo buscando su próximo tiempo. Es fácil econtrar al pasado en venta, hoy los ojos no se resignan mas que por monedas que paguen el tren hasta una frívola felicidad colectiva.
jueves, agosto 10, 2006
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